Quinta La Chacra - Capilla del Señor


CAPILLA DEL SEÑOR, UN PUEBLO HISTÓRICO

Desde comienzos de esta década, el pueblo de Capilla del Señor, cabecera del partido de Exaltación de la Cruz, ha sido objeto de una revalorización de su acervo histórico-cultural. En 1991, el Programa de Rehabilitación de los Pueblos Históricos de la Provincia de Buenos Aires, surgido de un convenio entre las subsecretarías de Cultura y Vivienda y Urbanismo y el Instituto Nacional de Medio Ambiente y desarrollo, llevó a cabo en este pueblo una experiencia piloto. Posteriormente Capilla del Señor atrajo la atención de otro organismo oficial, la Comisión Nacional de Museos y Monumentos y Lugares Históricos, y a solicitud del mismo fue declarada Bien de Interés Histórico Nacional por decreto del Ejecutivo no 1648 del 26 de septiembre de 1994. Pero el interés por el patrimonio cultural local se ha despertado también en los capilleros, y hoy existe en el pueblo una asociación de vecinos que vela por su conservación. A resultas de la labor de los coordinadores del Programa de Rehabilitación de los Pueblos Históricos, que convocaron a la comunidad para que colaborara con su gestión, se formó una comisión local de preservación, la Asociación Pro Memoria de Capilla del Señor, que realizó su presentación en público el 23 de noviembre de 1991. Define sus objetivos como rescatar y difundir la memoria de hechos y lugares de Capilla del Señor como pueblo histórico, lo mismo que promover la conservación, protección, utilización y puesta en valor del patrimonio cultural de Capilla del Señor y su entorno rural. Los casi dos siglos y medio de historia de este pueblo, sin embargo, son aún poco conocidos por el resto de los bonaerenses. En realidad, no hace mucho que se poseen noticias históricamente constatables sobre sus orígenes. Hasta principios de este siglo, los viejos vecinos del partido preferían atribuir la erección del primer oratorio del pago de la Cañada de la Cruz a un hecho sobrenatural: la aparición de un crucifijo en unas vizcacheras que, al ser sustraído del sitio en que fuera encontrado, retornaba por las noches inexplicablemente a él, motivo por el cual el propietario de esas tierras le erigió una capillita. Los primeros historiadores del pueblo – el párroco Clovis Fernández Mendoza en la década del Treinta, Jesús María Pereyra en los Cuarenta – obnubilados por este relato de extracción popular construyeron alrededor de él su propia versión de los orígenes, que sólo sería corregida con aportes documentales en un artículo ya clásico de Miguel Hángel González Acaso esta leyenda del Cristo capillero se haya gestado bajo el influjo de las tradiciones marianas del vecino pago de Luján: también allí la Imagen de Nuestra Señora, como se recordará, adolecía de traslocaciones, ya que luego de ser mudada a la estancia donde iba a erigírsele una nueva capilla regresó durante dos noches consecutivas al oratorio donde antes se había rendido culto. Lo cierto es que aquella versión mítica carece de apoyatura histórica, y la erección de la primitiva capillita del Señor de la Exaltación, como luego la fundación del pueblo que tomó su nombre, debe ser atribuida a una familia de estancieros de antigua raigambre en la Cañada de la Cruz, los Casco de Mendoza, de la que han surgido personajes de figuración local hasta comienzos del presente siglo.

EL ORATORIO DE LA CAÑADA DE LA CRUZ

Francisco Casco de Mendoza, primero de su familia en establecerse en el pago, hizo construir en una de sus estancias una capillita para su devoción privada, la cual fue empleada en celebraciones religiosas desde por lo menos 1727. La edificación de la misma parece haber obedecido a móviles personales: en los últimos años de la década de 1720 uno de sus hijos, Mayoriano, había pasado a una ciudad del interior, posiblemente Córdoba, a ordenarse como sacerdote. En diciembre de 1730 le instituyó un patrimonio de 2000 pesos para que gozase de una renta de cien pesos anuales hasta recibir las sagradas órdenes, indicando como prenda hipotecaria una de sus estancias. Unos pocos meses más tarde, sin embargo, y por motivos que no conocemos, Mayoriano abandonó su formación sacerdotal y retornó con su familia. Para entonces, el obispado de Buenos Aires, en atención a un aumento en la población de la campaña, había fundado varios curatos rurales, entre ellos el de Areco. No obstante no todos los feligreses de este extenso curato - que abarcaba los actuales partidos de Exaltación de la Cruz, San Antonio de Areco, Zárate, Campana y San Andrés de Giles- se encontraban en condiciones de acudir a la sede parroquial, la iglesia de San Antonio, que el General Joseph Ruiz de Arellano, la jerarquía eclesiástica instituyó el oratorio de los Casco en vice parroquia de la misma. Se ha conjeturado que el obispo Juan de Arregui, que efectuó en 1735 una gira pastoral por su diócesis, ofició en su consagración el 14 de septiembre de ese año, día en que la Iglesia Católica celebra la Exaltación de la Cruz, pues está documentado que el día anterior había visitado la iglesia parroquial de Areco. Aunque nada contradice la datación de este evento, tampoco es posible su verificación: en cualquiera de los casos, la elevación del oratorio a ayuda de parroquia debió de ser anterior a agosto de 1737, en que el presbítero Miguel González de Leyba, que actuó como primer vice párroco, abandonó la capillita para convertirse en capellán y luego en párroco del Santuario de Nuestra Señora de Con el alejamiento de González de Leyba, el ministerio vice parroquial quedó vacante durante casi una década. Aunque en octubre de 1741 el obispo Joseph de Peralta Barmese, sucesor de Arregui, reconfirmó a la capillita de los Casco en sus funciones, creándole jurisdicción sobre los pagos de la Cañada de la Cruz y la Pesquería, no le asignó por ello sacerdote. Francisco Casco de Mendoza habría de morir en enero de 1745 sin haber visto investir a un nuevo vice párroco. Pero una capellanía que éste impuso a sus albaceas por manda testamentaria se constituiría para sus herederos en la forma de rentar los servicios de un religioso. La misma fue ofrecida por los hijos del difunto al licenciado Joseph Pascual Monsalve por considerársele el más inmediato en parentesco, ya que el difunto había pedido que se diera preferencia al “pariente más cercano que fuese clérigo y por falta suya inter que le haiga un religioso que sea pariente” . A pesar que se estipulaba que Monsalve podría celebrar las veinticinco misas anuales a que se obligaba como capellán “en la Iglesia que le pareciere y capilla de la Jurisdicción”, lo hayamos oficiando como teniente de cura del párroco de Areco en la capilla del Señor de la Exaltación entre noviembre de Tras el deceso de Francisco, el patrono del oratorio recayó en su hijo Mayoriano, el mismo a quien su padre destinará al sacerdocio, pero que ahora era hacendado en el pago de la Cañada de la Cruz. Al igual que su progenitor, éste alternó la cría de mulas en sus estancias con la recaudación del diezmo, impuesto exigido por la Iglesia a los productores rurales que el obispado de Buenos Aires solía arrendar a particulares como los Casco de Mendoza. A resultas de ello, Mayoriano se había hecho de una regular fortuna, y pudo comprar a sus hermanos y cuñados la mayor parte de las tierras que habían pertenecido a su padre, convirtiéndose de esa forma en propietario de más de 2800 hectáreas de terreno, a la vez que acrecentó su plantel de esclavos. Entre 1746 y 1747 hizo edificar en sus tierras un nuevo templo, al que puso también bajo la advocación del Señor de la Exaltación, pues las estrechas dimensiones del oratorio familiar limitaban la concurrencia de una feligresía cada vez más numerosa a los oficios religiosos. Esta iglesia contaba con una nave central de diez tirantes de largo, una capilla lateral interna de dos tirantes y una sacristía de un tirante, todo techado de tejas y con suelo enladrillado. Pero aunque su construcción supuso que la capilla original fuera relevada de sus funciones vice parroquiales, ello no implicó la destrucción de aquel primer oratorio de los Casco, de cuya existencia tenemos aún noticias en los primeros años del siglo Tras la muerte de Mayoriano, acaecida en 1778, la Iglesia del Señor de la Exaltación atravesaría por un período de decadencia edilicia, favorecida por la desidia de sus descendientes, que no solo se exceptuaron de repararla, sino que llegaron a valerse de sus ingresos como si fueran propios. Desde que en 1772 ésta dejó de pertenecer al Curato de San Antonio de Areco para convertirse en la sede de un curato independiente, el hijo mayor de Mayoriano, Francisco Remigio Casco, usufructuó libremente de los títulos patronales que heredó de su padre. Los numerosos abusos que cometió fueron denunciados por el mismo párroco de Capilla del Señor , el licenciado Diego de Valdivia , quien en 1781 describió la indecencia en que se hallaba el servicio de culto y lo atribuyó al modo en que aquel manejaba las entradas parroquiales, “ pues todo lo consume a su arbitrio , no lleva cuenta ni razón de cosa alguna, y aún pasa a enajenar aquellos bienes que están reputados por de la Iglesia... siendo lo más doloroso que los feligreses se priven de hacer limosnas por el uso que hace de ellas” La situación no mejoró el deceso de Francisco Remigio, a quien su viuda Lorenza Pavón sucedió en el patronato. El 19 de agosto de 1803 el obispo Benito Lué y Riega hizo un visita pastoral a la Iglesia del Señor de la Exaltación y la reconvino por “el estado ruinoso en que se halla su fábrica material y la escasez y falta que tiene de varias cosas de primera necesidad”. Prohibió a la viuda “pedir ni demandar cosa alguna para fines piadosos” y la conminó a que en los siguientes diez meses “reedifique y repare los descalabros de la Iglesia” sin recurrir a las contribuciones de los fieles. Desprovista como se hallaba de medios con que subsanar varias décadas de negligencia, Lorenza Pavón se vio obligada a renunciar al Pasaron veinte años, empero, para que el edificio fuera compuesto en forma definitiva, tarea que cupo al párroco Andrés Leonardo de los Ríos. Fue este religioso quien dio a su fachada el aspecto que hoy conocemos por una acuarela de García de Molino de 1848, adornándola con un campanario nuevo, además de rehacer sus techos y cambiar sus puertas, para lo cual se vio obligado a vender unas tierras de estancia que pertenecían a la parroquia. La iglesia erigida por Mayoriano Casco de Mendoza subsistió de este modo hasta 1871, en que se la derrumbó luego de haber concluido la edificación de la actual iglesia parroquial de

EL SURGIMIENTO DEL PUEBLO

También fue Mayoriano Casco de Mendoza quien repartió los primeros solares en torno a la iglesia del Señor de la Exaltación, dando origen con ello a Capilla del Señor. Aunque destinó al poblado una porción de tierras con 500 varas de frente al arroyo de la Cruz y legua y media de fondo, ello no significó que hubiera hecho mensurar el terreno por peritos u oficiales de justicia, operación por lo demás costosa en relación al moderado precio que se asignó a los solares, sino que la cuadrícula se fue dibujando a medida en que éstos se vendían. Pero aunque no haya habido amojonamiento previo, el pueblo respetó al crecer la concepción urbanística española, que preveía el trazado de calles formando damero. Fue reservada, además, una manzana para plaza frente a los edificios principales, que en este caso eran la iglesia y las casas de los Debido a que no fue formalmente fundada, se nos hace imposible asignarle una fecha concreta al surgimiento de Capilla del Señor, teniéndose por tal al enajenamiento de los primeros solares, que se produjo entre 1755 y 1758. La venta de estos primeros lotes coronó otro de los emprendimientos de Mayoriano: la instalación de un horno de coser ladrillos en su estancia, construido con la finalidad de suministrar materiales a la edificación de la iglesia vice parroquial. Hemos expresado en otra parte nuestra presunción de que el loteo pudo haber pretendido convertir en redituable a este horno, que entonces había ya cumplido con su función originaria. Pero aunque los pobladores de Capilla del Señor hayan recurrido al obraje de los Casco para construir de las primeras viviendas, la lentitud con que creció aquel caserío obligó a Mayoriano a atender una demanda zonal de materiales más amplia, que comprendiera los pagos de la Cañada de la Cruz y Pesquería. En realidad, todo nos lleva a sospechar que el verdadero móvil de Mayoriano, y luego de sus descendientes, fue la expectativa de extraer utilidades del parcelamiento del terreno a costos casi nulos. Un sencillo ejercicio nos ayudará a deducirlo. En 1770 una vara frontada de la estancia en la Cañada de la Cruz, con legua y media de fondo, se valuaba en 2 reales, precio que no sufrió variaciones hasta fines de la época colonial. Siguiendo esta regla, la fracción de tierra que Casco de Mendoza reservó para pueblo, con sus 500 varas sobre dicha Cañada, pudiera haber sido tasado en su conjunto en 125 pesos. Ahora bien, a diferencia de lo ocurrido con la vara de estancia, el precio del cuarto solar en Capilla del Señor sufrió durante la Colonia una lenta tendencia al ascenso. El primer instrumento de venta que se conoce, de 1758, valuaba en 6 pesos cada cuarto de solar. Posteriormente, en la década de 1780 el precio para una fracción similar ascendió a 8 pesos, mientras que a comienzos del siglo XIX se elevó a 10 pesos. Hasta entonces el pueblito no ocupaba más que un sector de dieciocho manzanas recostado sobre el arroyo de la Cruz, quedando deshabitados los fondos del terreno. Dicho sector, descontados los lotes ocupados por la plaza, la iglesia, las casas del fundador y los que quedaron inutilizados por el paso de una zanja, se componía de 199 cuartos de solar enajenables. Si a cada uno de estos se le asignara un precio de 6 pesos, la venta de la totalidad de los mismos hubiera reportado a los propietarios unos 1194 pesos. Y si lo elevamos a 8 pesos, precio que parece haber sido el corriente a finales del siglo XVIII, el valor del conjunto ascendería a 1592 pesos. A pesar de que el expendio de solares se produjo con extremada lentitud y la enajenación aún era incompleta a principios del siglo XIX, no quedan dudas de que el móvil principal de la familia fundadora era la puesta en valor del terreno.

EL CRECIMIENTO DE CAPILLA DEL SEÑOR

A la muerte de Mayoriano, acaecida en 1768, Capilla del Señor no era más que un caserío insignificante, cuya apariencia en poco debía diferir de las muchas estancias cercanas, donde parientes, esclavos, peones y agregados alzaban sus ranchos junto a las casas del propietario. De los pocos solares que habían sido enajenados, la mayor parte de ellos en torno a la plaza, más de la mitad había pasado a manos de familiares del fundador: su hermano Gregorio, sus yernos Francisco Baldovinos y Domingo Urruchúa, su sobrina María Urueta y el esposo de ésta, Salvador Pérez. No obstante a resultas de la afluencia de feligreses que acudían a la iglesia del Señor de la Exaltación a cumplir con el precepto dominical , ya había tres pulperías en el pueblo, una de ellas perteneciente al mismo Mayoriano y las restantes en manos de dos peninsulares, los gallegos Antonio González y Joseph García. Al momento de fallecer el fundador, en 1768, alrededor de unos 60 curatos de solar en la traza de Capilla del Señor habían sido enajenados: menos de cuatro manzanas, si se tiene en cuenta una de éstas se componía de 16 cuartos de solar. El resto pasó a la propiedad de Francisco Remigio Casco, su primogénito, que además de convertirse en patrono de la iglesia edificada por su padre recibió una herencia el monopolio de la venta de lotes en el poblado. La primera descripción de Capilla del Señor, posterior en casi treinta años al anejamiento de los primeros solares, la debemos a Féliz de Azara, que en enero de 1784 refiere haber recalado en “un Pueblo llamado Capilla del Casco, curato que tendrá inmediatas a la Iglesia 25 casas tal cual cubiertas de teja como también la Iglesia” Pocos años más tarde, el censo de hacendados de 1789 indicaba que la población de Capilla se componía de treinta y nueve vecinos con sus familias. En 1792, al producirse la muerte de Francisco Remigio Casco, se determinó que en la traza del pueblito, de unas cuatro cuadras de largo por cuatro y media de ancho, existían 148 cuartos de solar enajenados y 51 que pertenecían a la testamentaria del difunto. Estos últimos pasaron a la propiedad de su hija Juana Tadea Casco y del esposo de ésta, el comerciante Manuel de Basabe, natural de Bilbao. Estos, al igual que sus hijos y nietos, continuarían con la venta de solares hasta mayo de 1873, en que vendieron las parcelas de las que todavía no se habían desprendido – unas 44 manzanas en las afueras de la traza original del pueblo – a En las primeras tres décadas del siglo pasado el pueblo excedió las estrechas 500 varas de ancho que le asignara su fundador y creció hacia el sudoeste, donde entonces se encontraban las tierras de estancia del coronel Gregorio Perdriel. Este militar, que no se oponía a donar las varas que fueran necesarias para su ampliación, pero que se negaba a contribuir con ello al enriquecimiento de sus vecinos, litigó en 1824 contra Juana Tadea Casco. Un año más tarde Perdriel vendió su estancia a un tal Lucas González, y éste aceptó desprenderse de una fracción sobre el arroyo a cambio de otra equivalente en los fondos del poblado, a fin de que éste pudiera expandirse. El agrimensor Raimundo Prat llevó a cabo en noviembre de 1828 una mensura de los terrenos permutados. El plano de la misma, es el documento catastral más antiguo que incluye la traza de Capilla del Señor. En él se aprecia que la traza cuadrangular originaria se había convertido en un rectángulo, posiblemente debido a que en los fondos de la población se había formado un ejido de huertas y montes de árboles frutales. La existencia de dicho ejido surge de una observación en el texto que acompaña la mensura de Prat, donde el agrimensor refiere haber hecho “una pequeña escala por no poder penetrar en las quintas de la Capilla o pueblito”. En las décadas siguientes el crecimiento en dirección sudoeste se detendría, pues en los lindes del terreno trocado a Lucas González lo impedía la presencia de un pequeño afluente del arroyo de la Cruz, el arroyo de Basabe. En su lindero noroeste, en cambio, se encontraban unas tierras de estancia que habían pertenecido a María de la Circuncisión Pedraza, descendiente por línea bastarda de la familia Casco, y habían pasado a manos de su hija María Benigna del Águila, quien fraccionó el terreno y vendió lotes a particulares. En la actualidad, las tierras de la antigua estancia de Pedraza sobre arroyo de la Cruz se encuentran comprendidas en su totalidad dentro de la traza urbana, siendo la actual calle España la divisoria que a principios del siglo XIX separaba el poblado de la propiedad lindera. Posteriormente, el pueblo continuaría extendiéndose en la misma dirección sobre la estancia que seguía a la Pedraza, perteneciente a Plácido Bustos, que en la década de 1870 también lotearía su propiedad. La incorporación espontánea de terrenos más allá de los lindes originarios del poblado, lo mismo que la edificación de nuevas casas y ranchos, condujo a las autoridades locales a reglar las construcciones de modo que no invadieran el espacio público. Contra lo que podía esperarse las primeras iniciativas en ese sentido no correspondieron a los intendentes de la década del Ochenta, sino a los jueces de paz del período rosista. Un permiso para construir en el pueblo que se otorgó en noviembre de 1848 a Martina Álvarez establece que la vereda habría de tener 2 varas de ancho y siempre dejaría libres 16 varas de ancho a la calle, advirtiendo que “el cimiento de la pared que ha de levantarse a la calle se hallará a nivel del suelo, so pena de que será demolido el edificio en caso de haberse levantado fuera de la línea que se apruebe”. El censo de 1869 nos aporta las primeras cifras sobre el incremento de la población pueblerina y una vaga noción sobre las características arquitectónicas de Capilla del Señor. Dentro del radio del partido de Exaltación de la Cruz que los censistas determinaron como “urbano” vivían unas 209 familias, que sumaban unos 1116 habitantes. En cuanto a los distintos tipos de vivienda, tres fueron las categorías que se utilizaron para clasificarlos: de madera, de azotea y de techo de paja. Del primer tipo sólo había una en la zona urbana, mientras que se determinó que 173 casas tenían techos de paja y 83 poseían azotea. Lamentablemente, nos es imposible determinar que proporción de las mismas correspondía a Capilla del Señor y cual al pueblo de Campana, que hasta 1885 formó parte de dicho partido. En realidad, el testimonio más acabado del crecimiento que experimentó Capilla a comienzos del período liberal se encuentra en el semanario capillero El Monitor de la Campaña, dirigido por Manuel Cruz, que fue la primer publicación periódica editada en nuestra provincia. Entre 1871 y 1873 el Monitor se convirtió en vocero del progreso pueblerino, y fue uno de los propulsores de la delineación del poblado que llevó a cabo el agrimensor Mariano Iparraguirre en 1875, por la que se corrigió el rumbo de las calles y se estableció la No pocas resistencias contra la administración municipal acarrearon las directivas de privilegiar las vías de circulación por sobre las construcciones que las invadían, por antiguas que fuesen, y el Monitor llegó a denunciar públicamente las infracciones de algunos vecinos, como en el caso de las ruinas de la casa de un tal Burgos, que hacía ángulo sobre la esquina noreste de la plaza y ocupaba el centro mismo de la calle, y que por presión del periódico se mandó demoler. También llamó la atención a las autoridades locales sobre la presencia de sementeras en los límites del pueblo, cerrando las salidas de sus calles, o denunció a los dueños de los tambos que dejaban allí sueltas a sus vacas lecheras para que pastaran. Pero más allá del rol de contralor comunal que se asignó a sí mismo la redacción de este periódico, se declaró testigo entusiasta de la gran cantidad de edificios que se estaban construyendo entonces en Capilla del Señor, algunos de los cuales todavía se encuentran en pie. Capilla cobraba entonces un aspecto nuevo y pujante, el Monitor lo celebraba con el mismo legítimo orgullo que hoy sienten los habitantes de este histórico pueblo: “Los años anteriores, tomados por decenas, no ofrecen nada que pueda compararse con lo que vemos hoy”.

Fuente: Taller de Historia - Coordinador Lic. Carlos María Birocco.

Carlos María Birocco, profesor y licenciado en Historia, nació en 1963 Como docente de enseñanza superior se desempeña en la Universidad Nacional de Luján y en la Universidad de Morón, y en el Instituto Histórico de Morón, como Investigador. Publicó numerosos artículos en revistas especializadas, su temática versó, por lo general, sobre la propiedad de la tierra, la familia y el ejercicio del poder en el Buenos Aires colonial y su entorno rural. En la obra, Cañada de la Cruz, el autor se centra en el pago y analiza diferentes aspectos, enmarcados por sus inquietudes históricas en un vasto espacio casi despoblado, durante los siglos XVII y XVIII.